El Un nuevo año ha culminado, cerrando otro ciclo y otro período de nuestra vida con experiencias de felicidad y dolor, que son parte de nuestro equipaje que llevaremos hasta el final de nuestro viaje; esta travesía en la cual nos entretenemos desarrollando diversas actividades unas más agradables que otras, unas más útiles que otras, unas más saludables que otras, ¿o al revés?; no importa.

 

Vivimos sumergidos en nuestro trabajo, nuestra profesión, nuestros estudios, etc., asumiendo que lo que hacemos es lo más importante del mundo, al punto de descuidar  cosas de vital importancia como nuestra salud y la atención a nuestros seres queridos. Y así la vida pasa año tras año, desgastándonos lenta e indeteniblemente hasta dejarnos sin fuerzas. Porque luchamos a brazo partido buscando felicidad a través del dinero, los bienes materiales, el poder y la fama, absortos en nuestra búsqueda, como anestesiados para no  asumir que la realidad de nuestra existencia es que somos apenas un breve suspiro en el tiempo.

 

Al mirar hacia la calle puedo ver a un hombre sentado en un improvisado banco, con la mente en quién sabe qué cosa; vuelvo mis ojos al interior de mi casa y veo sobre un sofá a mi gato plácidamente dormido y me pregunto: ¿cuánta diferencia hay entre estos dos seres? Luego pienso en el abogado metido entre libros y papeles analizando las leyes; en el médico observando unos análisis clínicos; en la secretaria preocupada por tener a tiempo el informe solicitado; en el chofer apurado por llegar a tiempo a su destino con la carga encomendada; en el agricultor preguntándose si el invierno será propicio para una buena cosecha… y veo lo mismo: Vanidad.

 

Todos, absolutamente todos, vivimos bajo la misma sentencia: ser un suspiro en el tiempo para desprendernos luego del cuerpo agotado y entregarlo al sepulcro. Todos, desde el más instruido hasta el más ignorante dejaremos inconcluso un día nuestro trabajo por muy importante que parezca, para que otro lo continúe como en una carrera de posta interminable, donde cada atleta sólo es un instrumento dentro de la competencia.

 

No escribo esto para deprimirlo, pues algunos ya tienen suficiente con el dolor y los desencantos sufridos durante el año concluido; lo hago para que despertéis vuestra verdadera consciencia entendiendo que nuestra esencia espiritual no es corruptible como la carne, ni se agota con el tiempo, ni está sujeta a cosas materiales, y la trascendencia de nuestro ser sólo la lograremos cuando comprendamos que somos más que un cuerpo carnal, que el alma humana espiritual es nuestro verdadero yo, y que es tiempo de asumir esta verdad ahora para darle verdadero sentido a nuestra existencia que va mucho más allá de esta vida terrenal cuyo propósito es aprender a través de servir y compartir.

 

Sin duda, importantes cosas sucederán en el nuevo año para usted en particular y para la humanidad en general, y mientras más preparado esté a nivel mental y espiritual, soportará mejor el impacto psicológico que esto traerá como saldo.

 

Que Dios nos conceda en el próximo año lo mejor que precisemos para nuestro crecimiento interior.

 

William Sánchez Aveiga.