Hoy, como hace dos mil años y más, ciertos hombres persiguen afanosamente el poder para sentirse realizados; mientras otros fijan sus objetivos en ejercer una actividad profesional, artística o deportiva, o quizás en montar un tipo de industria o dedicarse a conocer el mundo o servir en una misión humanitaria, quienes corren detrás del poder sienten una pasión descontrolada por ocupar el centro de todo, tener el dominio y control de las decisiones y gozar de los mayores privilegios.

 

Pero hubo un hombre llamado Jesús de Nazaret, quien teniendo un poder superior que no le fue dado por hombres ni legislación humana alguna, sirvió a los demás con amor, predicando el evangelio, sanando enfermos del cuerpo y la mente, caminando polvorientos senderos, llevando humildes prendas de vestir y dando ejemplo de humildad, al punto de lavar los pies a sus discípulos. Este hombre que, pese a su infinito poder, nunca exigió privilegios ni abusó de sus capacidades y, por el contrario, fue tolerante con quienes lo injuriaban y per-seguían, debería ser el modelo a seguir para quienes hoy ejercen funciones públicas otorgadas por el mandato del pueblo.

 

En contraste, en todo el mundo, nos encontramos con individuos soberbios y prepotentes, embriagados de vanidad y de la lisonja de sus aduladores. Dispuestos a perpetuarse cuanto puedan en su puesto, incluso heredando “su reino” a hijos o a hermanos, enmascarados tras un discurso populista que azuza el resentimiento y el odio, para engañar a la muchedumbre.

 

Para afianzarse en “su trono”, no dudan en implementar leyes que coartan las libertades del pueblo limitando la capacidad de expresarse en contra de sus decisiones, e instauran el lavado de cerebro exacerbando las emociones de sus seguidores a través de símbolos a los que sacrílegamente dan la categoría de “sagrados”.  Hoy, al igual que en tiempos de Jesús de Nazaret, muchos entre quienes tienen la ocasión de gobernar, han perdido la cordura y confundido sus funciones.

 

La grandeza de un hombre no está en el poder que le sea otorgado, sino en la humildad con que lo maneje, en el desprendimiento que manifieste con sus actos, pues el único poder sobre los hombres es de Dios, y los demás son

 

simples mandatos o, dicho de otra manera, encargos pasajeros recibidos de los mandantes; porque aún los príncipes y reyes han estado sujetos a Dios el único Soberano, y quienes antes o ahora pretendan dominar a sus semejantes a través de un poder omnímodo, ofenden a Dios con su necio comportamiento.

 

William Sánchez Aveiga

 

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