Quizás la pregunta completa sería “qué pides, cuándo pides y qué haces después que recibes”. Cuando hablamos del plano terrenal, todos entendemos automáticamente la importancia de estos detalles y a nadie se le ocurriría pasarlos por alto, pues si lo hace, seguramente los resultados no serían satisfactorios. Sin embargo, cuando solicitamos un favor divino (hablo para quienes creen en un Ser Supremo con personalidad y voluntad, pues se entiende que ateos no lo harían, y respeto su criterio), es frecuente omitir algunos de estos requisitos muy importantes.

 

Lo más “normal” es que nos acordemos de Dios únicamente cuando afrontamos situaciones difíciles, el resto del tiempo simplemente lo tenemos allí listo para llamarlo. En cuanto a qué le pedimos, si bien es cierto depende de las circunstancias, generalmente nos olvidamos de tener en cuenta su voluntad, pues no reparamos que esta prevalece en todo sentido sobre la nuestra, y debemos aceptarla aún si lo que pedimos nos parece bueno, loable o está en juego nuestra vida o la de un ser querido.

 

Por otro lado, la historia nos cuenta cómo, generalmente, todas las naciones antes de las batallas pedían a Dios (o a su dios) por el triunfo ante los contrarios, como si Dios aprobara la matanza entre seres humanos, eso todavía ocurre en nuestros días, demostrando una soberbia increíble y una inconsciencia total. Pero, son muchos los ámbitos en los cuales se involucra a Dios como si fuese cómplice, inclusive de fechorías de variado calibre como una estafa o cualquier crimen, para no ser descubierto.

 

Esto me hace pensar que hemos confundido a Dios con el genio de la botella de los cuentos infantiles, a quien sin importar la naturaleza o valor moral de una petición, se esperaba que la concediese ya que su condición lo convertía en servidor de su liberador. Pero hay una pregunta más que contestar: ¿qué hacemos luego de recibir?, y la respuesta es que, lamentablemente, en la gran mayoría de casos nos olvidamos de agradecer. No está de más reconocer nuestra rebeldía cuando no se nos concede lo que hemos pedido, pues creemos que Dios está obligado a dárnoslo.

 

Tampoco está de más aceptar que en muchos casos utilizamos la religión como un simple membrete o carnet de afiliación, con una agresiva intolerancia hacia miembros de otros credos, lo cual ha sembrado el odio y cobrado siempre muchas vidas alrededor del mundo, olvidando –al menos quienes nos confesamos cristianos- que Jesús fue maestro de paz y amor, y que aquel nocivo comportamiento demuestra sólo que hemos entrado a una organización religiosa, pero que sus enseñanzas no han entrado en nosotros.

 

No me extrañará si algunos lectores piensan que he ido demasiado lejos convirtiendo en religiosa una columna que no lo es, pero, dado que la mayoría de ecuatorianos decimos creer en Dios, y esto tiene que ver con todo, incluso con la política, es hipócrita pretender encerrar a Dios en la iglesia, negándonos a analizar nuestro comportamiento cotidiano en relación a Él, por incómodo que pueda resultarnos; a fin de cuentas esto es “ají picante para el alma”.

 

William Sánchez Aveiga