No es para nada extraño observar a dos niños, que nunca antes se han visto, que de pronto empiecen a jugar alegre y confiadamente como si se conociesen desde siempre. Algunas personas adultas -pocas por cierto- conservan esta capacidad de relacionarse espontánea y amigablemente con las demás, rompiendo la apatía que hoy se ha hecho costumbre y tiende a agudizarse.

 

La desconfianza parece ser el principal motivo de esta falta de comunicación entre la gente de hoy, que nos ha tocado vivir en una sociedad de temor donde cada uno toma distancias para cuidarse y cuidar su territorio psicológico. Enhorabuena, paralela a esta situación, la tecnología ha traído mecanismos que permiten el establecimiento de relaciones humanas, aunque sea a distancia, como la telefonía móvil y el Internet con sus redes sociales, correo electrónico, videoconferencias, etc., pues el hombre es gregario por naturaleza y su espíritu lo impulsa a buscar a otros seres humanos para interactuar y compartir, pese al poco tiempo y oportunidades que el vertiginoso ritmo de vida impone.

 

Pero la desconfianza no es un bicho que se espanta de un manotazo, sino un sentimiento lógico producido por experiencias, que utilizamos como medida de conservación, y no es exclusividad siquiera de los humanos, pues basta observar un grupo de cebras, búfalos o impalas en su hábitat natural, para ver el contraste entre la confianza que manifiestan mientras están entre los suyos y similares, versus el temor hacia los depredadores.

 

Pese a lo expresado, es saludable tratar de encontrar formas de integrarnos a grupos humanos con los cuales podamos sentirnos a gusto y compartir temas de mutuo interés, cuidando, sobre todo, que su escala de valores coincida con la nuestra, pues es un hecho que aves de distinto plumaje no pueden volar juntas. Pero aún más, es importante hacer conciencia de que las actitudes de apatía son socialmente destructivas y se nos devuelven, por lo cual debemos ser receptivos a los demás y estar dispuestos al diálogo.

 

Además, nadie podría negar que hace solo 25 ó 30 años la relación entre las familias y entre la gente en general era mucho más cercana, con un significativo contacto entre ellas; pero hoy eso se ha perdido en gran medida y nada indica que la situación se revierta, pues nuestra sociedad vive cada día más atemorizada, encerrándose no solo en sus casas sino en sí mismos, poniendo un escudo psicológico que nos convierte en seres insociables.

 

Recordemos, por otra parte, que la Biblia nos advierte que el hombre es lobo del hombre, lo cual parece justificar la desconfianza entre nosotros, impidiendo que actuemos con la inocencia y credibilidad de un niño; pero ojo, que bien podemos ser nosotros de quienes deben cuidarse los demás. Por eso, disfrutemos las buenas amistades, seamos amables y solidarios y aprovechemos la tecnología para comunicarnos con quienes están distantes; mas, con quienes están cerca, compartamos con alegría esta vida que es tan breve como la niebla. Recordando que los demás son tan importantes como nosotros y sin ellos no somos nadie.

 

William Sánchez Aveiga