Lo normal es que todos tengamos o seamos parte de una familia, pues nacemos de un hombre y una mujer que, supuestamente, también son parte de un grupo familiar con apellidos y una serie de características genéticas particulares. Esto, que no es privilegio de los humanos -a excepción del apellido- es el fundamento necesario para que una sociedad exista, pues la familia es mucho más que un conglomerado de individuos cohabitando en un lugar determinado; la familia es la verdadera célula de una sociedad.

 

Es indiscutible que el hombre no fue creado para vivir solo, sin embargo, todos conocemos personas que viven aisladas de los demás. ¿Por qué cada día hay mayor número de gente viviendo sola aunque muchas de ellas tengan una familia? ¿Por qué vemos a hombres y mujeres tirados en las salas de hospitales sin nadie que los visite o se preocupe por ellos? ¿Por qué muchos de nuestros mayores pasan sus últimos días en los asilos de ancianos, lejos de quienes criaron con tanto cariño y atención, sin recibir siquiera la misericordia de sus visitas?

 

Pero hoy, aún hombres y mujeres saludables y jóvenes viven en soledad, según algunos de ellos “disfrutando de su independencia”, pero sintiendo por dentro el vacío de no tener a nadie que los espere en casa, a no ser un amante furtivo que no se interesará por ellos más allá del momento de placer que compartan en relaciones más parecidas a la de animales en celo que a la de seres con consciencia y un espíritu divino; engendrando muchas veces –por desgracia- hijos de la pasión y el desenfreno que luego serán criados sin padre, en lugar de frutos del amor, miembros de una familia que más allá de sus posibilidades económicas sientan el respaldo del amor del hombre y la mujer que los procrearon.

 

La Biblia nos habla de la cauterización de la conciencia humana, lo cual significa que no hay posibilidad de entender el lenguaje del amor y sus consecuencias, por eso vivimos para el momento y lo material, sin pensar en cosas que a veces hasta nos resultan incómodas pero que son trascendentes para nuestra evolución espiritual. El hombre y la mujer de hoy, regularmente llegan a casa luego de una dura jornada de trabajo, se dan un baño y luego se entretienen frente al televisor o en una revista, si no salen por las mismas a cumplir algún compromiso social, sin compartir con los hijos.

 

La triste realidad es que la familia se está destruyendo sistemáticamente y la descomposición social empieza  precisamente por allí, así como la putrefacción de un órgano se da por el deterioro de sus células. Por ello, la propia Constitución de la república establece la protección no sólo del  Estado hacia los grupos vulnerables como los niños y ancianos, sino que ordena la atención responsable de nosotros hacia estos miembros de nuestra familia.

 

El valor más importante de la familia es el amor filial entre sus miembros, y como expresara el sacerdote y humanista León Battista, “el mejor legado de un padre a sus hijos es un poco de su tiempo cada día”, ese tiempo que más tarde en el otoño de la vida, deberán hijos y nietos prodigárselo como justa respuesta entre seres que llevan la misma sangre y comparten el espíritu divino que les ha sido dado a diferencia de los animales irracionales, que, no obstante, a veces nos dan mejor ejemplo de amor filial.

 

William Sánchez Aveiga