¿Qué tal le fue este año que está terminando?  ¿Cómo espera que le vaya el próximo año?

Las expectativas pueden parecer buenas, o no muy buenas, incluso malas; pero generalmente esperamos con optimismo que lo que venga sea mejor que lo que dejamos atrás. Algunos hacen planes y promesas sobre hábitos personales, estudios, negocios, relaciones amorosas, salud, etc.  Y está bien, pues la vida es una constante renovación y un incansable desear.

Pero, pocas son las personas que se fijan propósitos espirituales, y esto hace que nos envolvamos en una corteza de materialismo y ambiciones por conquistar metas y acumular bienes que nos alejan del verdadero yo, cayendo en una especie de hipnotismo por lo vano e intrascendente.

Vanidad de vanidades, todo es vanidad, dice el libro de Eclesiastés. Nada hay nuevo bajo el sol; lo que es ya fue y volverá a ser. Palabras profundas dentro de su aparente simpleza, que nos hacen ver que la vida no es más que una ruleta sin fin, llena de cosas y eventos sin importancia a  largo plazo.

Los años pasan y el niño se hace adulto, y el adulto se hace viejo, y el viejo vuelve a ser polvo de la tierra y su alma vuela. ¿Es acaso este el único objetivo de nuestra vida?  ¿Es acaso correr de un lado a otro buscando el sustento, conquistando metas, y disfrutando momentos efímeros, nuestra razón de existir?

¿Es acaso la vida una especie de sueño del cual podemos despertar cuando nos morimos? Todos llevamos como una impronta en nuestra mente, la idea de Dios y de una vida más allá de nuestra muerte; quienes somos cristianos entendemos que es así, y según la Biblia, Jesucristo prometió que iba a preparar morada para nosotros en el reino de nuestro Padre.

¿Qué edad tiene usted ahora? ¿Ha pensado dónde podría estar dentro de 20 años? No quiero deprimirlo, pero 20 años es nada, y quienes promediamos los sesenta, seremos ancianos dentro de poco, o “adultos mayores” como eufemísticamente se los llama hoy. Pero los eufemismos no cambian la realidad, e incluso una enorme cantidad de nosotros podríamos estar en el sepulcro. Durante los siguientes 365 días morirán unos 78.000 millones de personas, a un promedio de 214.500 diariamente. La mayor parte de la población de hoy seguramente no vivirá el cambio de siglo. Somos como las aguas de un río que pasan y no vuelven.

Pero quienes sabemos de verdad, que esta vida no concluye aquí, y creemos sinceramente en las promesas de Dios, tenemos que vivir bajo la especial visión de poner nuestras metas en la eternidad siguiendo el consejo de Jesús “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corroe, y donde ladronas minan y hurtan; sino haced tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”.

Desgraciadamente muy pocos atesoran estas palabras  y las hacen parte de su vida, pues aunque las iglesias y templos están llenas de gente, apenas son religiosos que creen en Dios como en un genio salido de una botella en un cuento infantil, al cual le pueden pedir tesoros terrenales.

Aprovechemos el inicio de un nuevo año para despertar nuestra conciencia y tener una verdadera transformación espiritual, teniendo lo terrenal como algo efímero y de poca importancia, y pidiendo a Dios que nos libere de las ataduras con lo material, porque nada de lo que poseéis hoy os servirá después. Ninguna cosa visible perdurará, pues solo estamos aquí de paso para mientras esto sucede,  ser luz que alumbre en medio de la oscuridad para que otros encuentren el camino que los conduzca a Dios, recordando lo dicho por Jesús “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mi”.

Entonces, por nada esté usted afanoso, busque el reino de Dios y su justicia, seguro de que lo demás se le dará por añadidura, Bendecidos sean su mente y su corazón.